martes, 20 de enero de 2015

Los Disparadores: Manuel Parte III



Esta parte va a es la más difícil de escribir: El ocaso de mi noviazgo, mi explosión luego de acumular tanto, y pasar por momentos tan feos. Básicamente, este pedazo de la historia, lo escribiré con el corazón en la mano, con los sentimientos a flor de piel.

Como contaba anteriormente, Manuel había conseguido el trabajo de sus sueños. Todo era felicidad, festejo, emoción. El por su éxito, y yo por su logro alcanzado. Creía firmemente en apoyarlo. Fue una decisión que tomé en su momento, acompañarlo, a pesar de que el camino no era fácil, y conllevaba mucho esfuerzo: En lo que se refiere a él, por el trabajo que le implicaba, horas de dedicación, amoldarse a un ámbito, compañeros y horarios nuevos , y en lo que se refiere a mí: Entender y aceptar que esta sería su nueva vida, con horarios y un estilo de vida diferentes a los míos… Pero verlo feliz, me bastaba para apoyar sin condicionamientos.

Sabía que iba a llegar alto. Lo intuía. ¿Quién era yo, para interponerme en su camino? Jamás. Lo conocí de esa manera, así lo aceptaba, así lo amaba.

¿Ilusa? Puede ser.

La compañía que lo había contratado, era relativamente nueva, pero contaba ya con una cierta reputación. En su mayoría eran hombres, había pocas mujeres, entre ellas: Mariela.
Enseguida él entró en confianza con los hombres, me hablaba maravilla de ellos, no así de Mariela. La típica: Que es insoportable, que es histérica, que me habla mal, etc etc. Nada era positivo sobre ella, salvo la manera en la que trabajaba. En eso, era impecable.

Manuel empezó a trabajar duro, sin tregua. Quería lograr el respeto y la admiración de sus compañeros. Pero por sobre todas las cosas, quería demostrarle a Mariela que era capaz de llevar su trabajo a cabo, así ella lo dejaba en paz (ella era como una especie de supervisora, por ende tenía que rendirle cuentas a ella) Tenía plena confianza en él, por ende no me preocupaba nada de lo que me contaba. Nuestra relación estaba en un excelente momento, nos elegíamos, nos amábamos, entonces; ¿qué podría estar mal?

Empezó a trabajar los fines de semana habitualmente, siempre de noche, lo cual lo hacía llegar bastante tarde a casa. Volvía siempre contento recuerdo. Amaba su trabajo, exudaba esa alegría por cada poro de su ser. Llegaba y comenzaba a contarme de su noche, las anécdotas, siempre sonriendo, siempre feliz.

Que orgullosa estaba de él.

Durante un año, estuve aislada de él y su entorno. Su trabajo era informal, no un trabajo de oficina serio, y yo sabía que habitualmente las parejas de sus compañeros visitaban el lugar de vez en cuando. En mi caso, no conocía a sus compañeros de trabajo, ni tampoco el lugar donde trabaja. De golpe, sentí que me dejaba afuera de su vida. Su excusa: 

“Quiero mantener las cosas por separado Sofía” me decía.

Antes no era así, al contrario, me integraba, pero según él, el ambiente en la compañía no era lindo, "mucho puterío", decía, y  no quería que contamine nuestra relación.  Tampoco tenía tanta confianza con sus compañeros todavía, y así, miles de excusas más.

Decir que fui tonta al creerle, es quedarme corta. Simplemente, no me quería ahí. No quería compartir eso conmigo.

Decidí confiar en él. Aparte, todos sus compañeros, incluyendo Mariela, estaban en pareja, así que, ¿Cuál era el peligro? Tampoco notaba nada raro, pero como dije al principio de este blog, el amor nos vuelve ciegos y tontos.

Con el paso del tiempo comenzaron los problemas. Todas mis alarmas se despertaron, y ahí sí, fue el comienzo del fin… Especialmente para mí.

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