martes, 20 de enero de 2015

Intervalo: Él, Yo


Antes de proseguir, déjenme contarles un poco sobre las personalidades de Manuel y la mía, así pueden entender un poco más los acontecimientos:

Manuel 

Era un hombre de tiempos. Calculador, ambicioso, inteligente, pensaba mil veces las cosas antes de dar un paso. A veces inseguro, pero más que nada con la pareja, o con cuestiones triviales, con su trabajo tenía las cosas bien claras. 

Venía de una familia estable (maravillosa familia), con una madre que irradiaba amor. Quedé “enamorada” de ella desde la primera vez que la traté y sufrí mucho al tener que alejarme de ella. 

Su vida, su pasión, era su trabajo. Era lo primero en su lista. Luego venía él, y después todo lo demás. Si, era egocéntrico, egoísta y cómodo. 

Cuando algo no salía como el esperaba se ponía de malhumor enseguida, pero seguía intentando hasta que saliese. Si alguien le decía: “Esto no lo podés hacer”, él se esforzaba por demostrar lo contrario. Normalmente lo lograba.

Conmigo, al principio, era amoroso, atento, pasional, expresivo. Como dije: El hombre de mis sueños. Sí, ese estilo de hombre que describíamos en nuestros diarios íntimos al ser pequeñas.

También, era bastante solitario. Le gustaba tener su espacio, estar en soledad. 

Él amaba a su familia, especialmente a su mamá. Pero admiraba a su padre, y para él su opinión era sumamente importante, por eso siempre lo consultaba a la hora de dar un paso importante en su vida.

No podía ver nada malo en Manuel, hasta sus defectos me gustaban.  Mi dios, lo releo y hasta me da vergüenza mi amor ciego. Pero así eran las cosas, y creo que a más de una mujer alguna vez le sucedió algo parecido.

Aunque, cuando les cuente sobre mí van a entender un poco porque estaba tan deslumbrada.

Yo, Sofía.

Difícil escribir sobre una, pero aquí vamos: Soy una persona de carácter fuerte, con alta resistencia a los cambios, pero los realizo igual, el miedo me entra luego de que se hicieron y jamás me arrepiento una vez hechos. Soy ambiciosa, siempre digo lo que siento o pienso, funciono muy bien bajo presión, y coqueta en extremo.

No tuve una familia unida, mi padre estuvo ausente casi la mayor parte de mi vida, ya que vivía en el exterior (según el psicoanálisis esto desarrollo en mí un miedo al abandono) . Con mi madre, no me hablaba mucho, y la persona con la que me críe fue mi abuela Luxemburgo (si, así es su nombre).

Por ella creo en el amor, y en la famila. En que siempre es importante la tolerancia, el saber negociar cuando se trata de una pareja. Estuvo casada 60 años, la muerte los separó, así que no puedo poner su palabra o enseñanzas en duda, ya que fueron felices hasta el último suspiro de mi abuelo. Ella también me enseñó que los sueños deben trabajarse para que se cumplan, y que siempre vale la pena luchar por lo que se quiere.

Para los de afuera, siempre di una imagen de mujer fuerte, segura, hasta soberbia. Nada más alejado de la realidad: Por dentro siempre me sentí muy vulnerable, mi padre me había hecho mucha falta y más de una vez me sentí muy sola (dependencia emocional que le llaman). Lo que hacía, era transformar mis debilidades, en murallas. De esa manera me protegía, contra cualquier daño posible. Tampoco me comprometía demasiado con nadie. Cuando lo hacía, era bastante indiferente. Al mirar atrás entiendo que todo formaba parte de mi "escudo" personal. Si no te involucras, difícilmente podes sufrir.

Sarcástica, pero muy sensible. Soy una contradicción con piernas. Me mudé sola siendo una niña tan solo, lo cual hizo que creciera a los golpes, y sin descanso. Al pasar enfermedades, momentos alegres, tristes, llevar a una casa adelante sola, hizo que me transformara en una mujer autosuficiente, resolutiva, capaz de vencer cualquier obstáculo que se me presentase, dura, y (un poco) mandona.

Pero irme tan niña de mi casa, tuvo sus problemas: alguna vez, perdí el rumbo, fui en contra de mis principios, lo que derivó en que sintiera vergüenza y culpa; sobre todo por mi abuela, porque no quería decepcionarla. Ella lo era todo para mí. Gracias a mi devoción por ella, tomé la decisión de que no iba a seguir traicionándome a mi misma.

Si bien volví al camino del bien, debo reconocer que eso dejó una huella dentro mío, que iba a colaborar a todo mi explosión. La culpa es terrible, y si te descuidas puede apoderarse de vos rápidamente, debilitarte, y convertirte en carne de cañon. Te deja desnuda espiritualmente, te llena de miedos, te consume.

Esta culpa estaba almacenada en mi interior cuando empecé a estar con Manuel. Entre ella y algunos sucesos que detallaré a medida que vaya contando nuestra historia, fueron los detonantes para que yo vaya debilitándome, desapareciendo. Pasé de ser una mujer que ejecuta a una víctima (lugar en el cual me puse sola), y dejé de ser yo, básicamente, en un momento.

Déjenme decirles algo: No hay nada peor, ni más doloroso, en este mundo, que perderse a sí misma. 

Es algo muy similar a morirse en vida.



Fin del intervalo.




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