Durante varios años, dentro de mí se venía gestando la necesidad de un cambio (Síntomas: incomodidad en la propia piel, inconformidad con las cosas que haces, o el trabajo que realizas. Irritabilidad y enojos sin motivo, angustias raras, el “sentimiento de falta algo”) lo venía disimulando muy bien (y no tan bien), hasta principios de año.
Tuve algunos disparadores que iban sacando a relucir que yo, así, como estaba, ya no podía seguir.
El primero: Un gran amigo mío, Sebastián, fue diagnosticado con cáncer hace unos años atrás. La noticia fue devastadora, ya que yo siempre fui muy pegada a él. Éramos mejores amigos, nos considerábamos almas gemelas, y nos queríamos mas allá de lo que pueden explicar las palabras. El pronóstico, era devastador: No más de 6 meses de vida. El cáncer era agresivo, y si quería tener una chance, el tratamiento debía serlo también. Recuerdo que cuando nos lo dijeron (porque lo acompañé a esa visita al médico) quedé shockeada.
El día anterior, habíamos estado compartiendo todo nuestro día. Lo tomamos como un día normal. De eso pasamos, a lidiar con la muerte, y en mi caso, con la posibilidad de no ver a mi amigo, a mi compinche, a mi alma gemela nunca mas.
Demás está decir, la tristeza y el miedo que eso me causó. Pero tenía que mantenerme fuerte por él. Lo vi tomar la noticia con entereza, casi como si no entendiese lo que le estaban diciendo. Más tarde entendí, que su sentido mas fuerte, era el de la supervivencia, y no había tiempo para caer. El era un luchador nato.
Decidí que iba a luchar junto a él, hasta las últimas consecuencias. No iba a darme por vencida, no iba abandonarlo. No importa que pasase. Me mantendría a su lado hasta que no hubiese nada mas que hacer.
Fue un tratamiento duro. Muy. Sin embargo, el lo llevaba estoicamente. Soportaba los pinchazos, la quimio entrando en su cuerpo y el después: Los mareos, los vómitos, el malestar general.
El quería vivir. Yo quería que el viviera, y todas las noches, le pedía a la vida misma, que por favor no se lleve de mi lado, al ser que mas quería en este mundo.
Una noche, ibamos caminando por la calle. Tuve que detenerme de golpe. El pensamiento de no tener mas esas caminatas junto a él, disfrutando, tal solo disfrutando del aire de la noche, me lleno de dolor. Lo miré, y el me devolvió la mirada (hermosos ojos claros, tan llenos de vida, tan llenos de paz, tan llenos de compasión). Frenó su caminar, nos sentamos en la puerta de un edificio cualquiera. Con una caricia, borró mis lágrimas, y me miró fijo, bien fijo a los ojos, de tal manera que me traspasó el alma. Entonces entendí; que a pesar de que la muerte nos separara el siempre viviría dentro de mí y cuidaría de mi desde donde quiera que su espíritu estuviese. Eso me brindó cierta paz. Me dió fuerzas para seguir luchando junto a él, a tener fe que se puede obtener un final diferente al marcado.
El tratamiento duró casi un año (un poco menos). Una vez que las dosis de quimio estaban dadas, repitieron los análisis; Milagro, el cáncer había dado marcha atrás. Dios, recuerdo como la felicidad invadió mi cuerpo, lo abracé lo mas fuerte que pude. Si en ese abrazo, me hubiese pudido fundir con él, juro que lo habría hecho.
Así pasaron casi dos años, hasta que a principios del 2014, Sebastián comienza a sentirse mal nuevamente. Manuel y yo, lo acompañamos al médico. Mientras Sebastián se sometía a los análisis de rutina. Manuel y yo esperábamos en la sala. Veníamos de tener una pelea grande, y su actitud hacía mi era de frialdad total. No entendía bien, que hacía ahí. La verdad era que no necesitaba de su actitud, menos en ese momento. Igual, seguí charlando como si nada; solo podía pensar en mi amigo.
Días después Sebastián vino con los resultados. El cáncer había vuelto. Esta vez definitivamente. Ya no había nada mas por hacer, y el no quería volver a pasar por la quimio, ni nada similar. Sabía que no importara lo que hiciese, el cáncer siempre iba a volver, y el solo quería vivir el resto de vida que le quedaba de la mejor manera posible, disfrutando a pleno, sin pensar en nada mas.
Lloré como loca, al final de cuentas, había comenzado a despedirme de mi mejor amigo. Teníamos los días contados. No podía creerlo. Una fecha tope para disfrutar de la compañía de alguien, acariciarlo, estar con el, reír. Ahora me ves, ahora no me ves... Que triste realidad es la muerte.
Lo abracé fuerte. Me prometí a mi misma que lo disfrutaría hasta el momento de decir adiós. Sin que nada se interpusiera en mi camino.
Esa misma noche, hablé con Manuel y le dije: "Si tenés dudas sobre estar conmigo, si no sabes si me querés- por eso habíamos discutido, el tenía sus dudas- te pido por favor que te vayas de mi vida. En este momento, me siento lo suficientemente fuerte como para afrontar ambos duelos, pero lo único que me importa ahora, es Sebastián. Es mi amigo, mi mejor amigo, quiero concentrarme solo en él, acompañarlo. No puedo estar pendiente de tus indecisiones. Así que por favor, andate. No habrá reclamos, te vas en paz, pero por favor, si te quedas hacelo de manera consciente, decidido, y no vuelvas a salirme con algo así, porque simplemente, ya no lo soporto."
Decidió quedarse. Decidió permanecer a mi lado mientras yo transitaba este camino tan doloroso. Eso, se lo voy agradecer de por vida, porque su presencia me ayudó mucho a sobrellevar tanto dolor y durante varios meses, realmente estuvo comprometido con esta causa.
Sebastian se iba deteriorando cada día mas, hasta que a mediados de año, cayó internado. Había llegado la hora. Ahí estaba yo, como se lo había prometido; Me quedaría con él hasta su último suspiro (su única familia era yo, su familia real la había perdido de vista hacía tiempo).
Lo vi apagarse de a poco. Le sostuve la mano fuerte, bien fuerte. Le dije al oído lo mucho que lo amaba, cuanto lo iba a extrañar. Le agradecí por tantos buenos momentos, le pedí perdón por mis chiquilinadas, mis torpezas y mis egoísmos.
El me dedicó la mirada mas llena de amor que recibí en mi vida. El brillo de sus ojos se desvanecía lentamente, hasta que se convirtió en un negro azabache.
Fue como mirar el vacío mismo. Se había ido. Lo abracé y sentí su cuerpo todavía tibio y en ese momento, sentí que parte de mi alma viajó con él.
Su muerte no fue en vano. Al menos para mí no lo fue. Marcó un antes y un después en mi vida. Su muerte fue la primera luz que se despertó en mi interior, la que empezó alimentar el combustible para que yo me decidiera a buscar mi propio camino hacia la felicidad, hacia mi misma.
Pero todavía faltaba que se sucediesen un par de hechos mas, para que la decisión de reencontrarme conmigo fuera firme. Hechos, que iban a terminar por abrirme los ojos; los físicos y los del corazón.
Este camino, recién comenzaba. En este primer tramo: Aprendí a ser fuerte, a pesar de las cosas se vean muy feas, a pesar de que sientas que te caes a pedazos, a pesar del miedo, a pesar de la pérdida. Aprendí a luchar, aún cuando te digan que no hay esperanzas. Aprendí que jamás hay que perder el sentido de la supervivencia, lo cual me ayudó en los meses que siguieron.
Gracias, Sebastián. Donde quiera que estés.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario