Lo que sucede conviene. Es una frase que me viene acompañando desde que Sebastián enfermó. Entendí, que de todo lo malo hay enseñanzas por aprender, aceptar, y aplicar.
Claro que no es fácil, atravesar ese camino. Al contrario. Puede ser muy espinoso, muy doloroso, puede ser MUY todo. Muy mucho, como decía mi hermanita cuando era niña.
Cuando Manuel, decidió terminar lo nuestro pasé por tres estadios:
- El dolor de haber terminado
- El alivio de que se haya terminado
- La incertidumbre de cómo empezar a construir(me) nuevamente.
Al principio, el dolor me generaba malestares: Físicos y espirituales. Me levantaba descompuesta (nervios), apenas podía dormir por las noches, ya que tenía pesadillas… Una tras otra. Mi cuerpo estaba completamente desgastado. Me encontraba fuera de mí. Como si el alma se me hubiese despegado del cuerpo. Tremenda sensación. Quebrante sensación.
Una tarde me encontraba tomando un café con una amiga, quien me consolaba y trataba de extirpar la tristeza de mi ser, mediante bromas que no alcanzaba a entender, porque no me encontraba ahí… No estaba en ningún lugar en realidad. Era incapaz de estarlo.
- Sofi, me parece que deberías ir a ver a Gabriel.
- ¿Quién es Gabriel?
- Gabriel es una especie de coaching de vida. Te enseña a solucionar tus problemas a través de tus propias herramientas personales. Y creo, que en tu caso, no te vendría nada mal. Aparte con intentar, no perdés nada.
- Tenés razón. Repetir patrones no está funcionando. Pásame el número.
Lo llamé. Debo reconocer que tenía un poco de desconfianza. Quedamos en que iría al miércoles siguiente. No pude ir, ya que por mis nervios, caí enferma (una vez más) y tuvimos que pasar el encuentro para la semana siguiente.
Llegué a su consultorio el día pactado. Me sorprendí al verlo: Tenía como una especie de magnetismo especial. Irradiaba paz. Me sentí atraída hacia él, pero no de la manera hombre-mujer, sino que hubiese querido empaparme de su paz. Necesitaba un poco de eso para mí.
Le conté de Manuel, de Mariela, de la separación, de mis sospechas, de la muerte de Sebastián, de mis hipótesis, de cómo veía el panorama, que pensaban los demás, de mis descomposturas, de mi poco dormir, hasta que en un momento el levantó la mano, me frenó en seco, y me preguntó:
- ¿Y vos?
- ¿Yo? ¿Yo qué?
- Vos… ¿Cómo estás? ¿Cómo te sentís?
- Te lo acabo de decir. (Lo miré extrañada)
- Me explicaste la situación. Pero no sé cómo te sentís. Cerrá los ojos, sentite y contéstame por favor.
Hice lo que me pidió. Sentí un golpe en el medio del pecho, y dije
- Me siento quebrada. Decepcionada, herida, traicionada. Siento que la vida no ha sido justa conmigo. Que no tenía por qué llevarse a uno de los seres que yo mas amaba en el mundo. Que Manuel, no tenía derecho a mentirme, a usarme, a fregarme de semejante manera. Siento odio, bronca, ganas de romper todo lo que está a mí alrededor. Quiero desaparecer. Que desaparezcan (Manuel y Mariela), que vuelva Sebastián. Siento que quiero que me abracen, que me contengan, que alguien me diga que me quiere, y que todo va a estar bien. Me siento chiquita.
- ¿Chiquita?
- Sí. Esto lo siento más grande que yo misma.
- Una víctima, bah.
Lo miré sorprendida. ¿Cómo me iba hablar así? ¡Claro que estaba siendo víctima! ¿Acaso no escuchó todo lo que le dije? Se ve que mi cara me delató el pensamiento porque enseguida continuó:
- Estás eligiendo ser una víctima de las circunstancias en vez de trabajar con lo que te está tocando. Manuel y Mariela ya decidieron que hacer con sus vidas. Sebastián no tuvo opción, pero sí pudo controlar el hecho de irse en paz. Tu dolor es completamente entendible, pero lo que vos hagas con él, es lo que va a marcar la diferencia. Podés dejar que el odio y la bronca, te carcoman, te envenen, y paralicen tu vida, o bien, entender, que los caminos se bifurcan, que a veces es necesario separarse, porque llega un momento en la vida, donde ya dos personas no se convienen, no se necesitan más. Manuel ya no era para vos, ni vos para él. Vos misma lo expresaste: Su partida te generó alivio. Eso quiere decir, que él ya nada tenía que hacer en tu vida. Tu dolor parte de un orgullo herido, y el orgullo es el peor enemigo del ser humano.
En este momento, tenés la oportunidad de elegir. Que hacer, que no, como vivir, como no, a quien dejas o a quien sacás de tu vida. De empezar de 0. De reencontrarte con vos misma. De convertirte en un ser mejor, más grande por dentro, con más aptitudes, una versión mejorada de vos misma. Podés alcanzar todo aquello que te propongas, porque huelo, debajo de esa victimización, a una mujer muy fuerte. Es tu elección, como vas a vivir esta historia. Mirarte, entenderte, aceptarte, apoyarte, tendría que ser tu primer paso para salir de todo esto. Sobre todo, perdonarte.
Salté como leche hervida:
- ¿Perdonarme? ¿De qué debería perdonarme? Si no hice nada mal. ¡Al contrario! ¡Le di todo, y me pagó así!
- Otra vez, la víctima. Pensalo. Por hoy terminamos. Nos vemos la semana que viene.
Salí enojada de la sesión. Enojada pero pensando. ¿Qué habrá querido decir con perdonarme? Sentía que yo había hecho todo bien. Menee la cabeza. Ese hombre estaba loco. Si la engañada era yo, ¿encima me tenía que culpar? ¿De qué hablaba?
Me enojé. No iba a volver nunca mas. Ese hombre no sabía de que hablaba. Sin embargo, algo dentro mío me hizo volver a la semana siguiente.
Gabriel resultó ser una de las personas que comenzó abrirme puertas que jamás me hubiese imaginado. Gracias a nuestro trabajo en conjunto, pude descubrir partes de mi que ni siquiera sabía que seguían vivas.

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